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Mostrando entradas de junio, 2016

William Shakespeare: Soneto 18.

¿Qué debo compararte a un día de verano?                Tú eres más adorable y estás mejor templado.                       Rudos vientos agitan los capullos de Mayo                  y el estío termina su arriendo brevemente.                
A veces brilla el sol con demasiado fuego                y a menudo se vela su dorado semblante.                    A veces la belleza declina de su estado,             por causas naturales o causas imprevistas.                 
Mas tu eterno verano, jamás se desvanece,             ni perderá su instinto de tener la hermosura,            ni la Muerte jactarse, de haberte dado sombra,                      creciendo con el tiempo en mis versos eternos.

Versión Ramón García González

Odysseas Elytis: Eros y Psique.

Un mar oscuro y salvaje golpea sobre mí La vida de los otros. Todo lo que afirmas durante la noche Dios lo modifica. Ligeras van las casas Algunas llegan hasta el muelle con las luces encendidas Parte (dicen) el alma de los muertos Ah que serás tú a quien llaman "alma" aunque el aire No alcanzó para hacerte materia ni el vello Para arrancarlo alguna vez al pasar Qué bálsamo o qué veneno derramas pues En otros tiempos la noble Diotima Cantando con inteligencia llegó a modificar La mente del hombre y el curso de los ríos de Suabia  De manera que quienes se aman estén aquí y allá De dos estrellas y un destino solamente Desprevenida parece estar aunque no lo esté La Tierra. Saciada de diamantes y carbones Pero sabe hablar y desde allí donde fluye la verdad Con percusión subterránea o fuentes de inefable pureza Viene a confirmártelo. ¿Cuál? ¿Qué? Lo único que afirmas y que Dios no modifica Ese algo inescrutable que existe A pesar de todo en lo Vano y en la Nada.

Traducción : Pilar Fernández Rodríguez

José Antonio Ramos Sucre: El romance del bardo.

Yo estaba proscrito de la vida. Recataba dentro de mí  un amor reverente, una devoción abnegada, pasiones  macerantes, a la dama cortés, lejana de mi alcance. La fatalidad había signado mi frente.
Yo escapaba a meditar lejos de la ciudad, en medio de ruinas severas, cerca de un mar monótono. Allí mismo rondaban, animadas por el dolor, las sombras del pasado. Nuestra nación había perecido resistiendo las correrías de una horda inculta.
La tradición había vinculado la victoria en la presencia de la mujer ilustre, superviviente de una raza invicta.  Debía acompañarnos espontáneamente, sin conocer  su propia importancia. La vimos, la vez última, víspera del desastre, cerca de la playa, envuelta por la rueda turbulenta de las aves marinas.
Desde entonces, solamente el olvido puede enmendar  el deshonor de la derrota. La yerba crece en el campo de batalla, alimentada con la sangre de los héroes.