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Mostrando entradas de septiembre, 2015

Paul Eluard: El éxtasis.

Estoy ante este paisaje femenino Como un niño ante el fuego Sonriendo vagamente con lágrimas en los ojos Ante este paisaje en que todo me emociona Donde espejos se empañan donde espejos se limpian Reflejando dos cuerpos desnudos estación a estación
Tengo tantas razones para perderme En esta tierra sin caminos bajo este cielo sin horizonte Hermosas razones que ayer ignoraba Y que ya nunca olvidaré Hermosas llaves de miradas claves hijas de sí mismas Ante este paisaje donde la naturaleza es mía
Ante el fuego el primer fuego Buena razón maestra
Estrella identificada Y en la tierra y bajo el cielo fuera de mi corazón y en él Segundo brote primera hoja verde
Que el mar cubre con sus alas Y el sol al fondo de todo que viene de nosotros
Estoy ante este paisaje femenino Como rama en el fuego.

Eugenio Montejo: Septiembre

Mira setiembre nada se ha perdido con fiarnos de las hojas. La juventud vino y se fue, los árboles no se movieron El hermano al morir te quemó en llanto pero el sol continúa. La casa fue derrumbada, no su recuerdo. Mira setiembre con su pala al hombro cómo arrastra hojas secas.
La vida vale más que la vida, sólo eso cuenta. Nadie nos preguntó para nacer, ¿qué sabían nuestros padres? ¿Los suyos qué supieron? Ningún dolor les ahorró sombra y sin embargo se mezclaron al tiempo terrestre. Los árboles saben menos que nosotros y aún no se vuelven. La tierra va más sola ahora sin dioses pero nunca blasfema. Mira setiembre cómo te abre el bosque y sobrepasa tu deseo. Abre tus manos, llénalas con estas lentas hojas, no dejes que una sola se te pierda.

Amos Oz: Se despierta en mí el deseo


Atardecer. Llueve en las colinas vacías del desierto. Cal y roca y olor a tierra mojada después de un árido verano. Se despierta en mí el deseo de ser lo que sería de no haber sabido lo que es sabido. De ser anterior al conocimiento. Como las colinas. Como una piedra en la superficie de la luna. Inerte, silencioso y seguro
de que estaré tiempo en exposición.

Gertrud Kolmar: El ángel en el bosque.

Dame tu mano, tu mano querida, y ven conmigo, pues queremos alejarnos de los hombres. Son mezquinos, ruines, y su mezquina ruindad nos odia y mortifica. Sus ojos rondan maliciosos por nuestro rostro y su oído ávido manosea las palabras de nuestra boca. Recogen beleño... Así que huyamos a los campos soñadores que, gentiles, con flores y hierba, confortan nuestros pies vagabundos, al borde del río que, con paciencia, carga sobre su espalda imponentes fardos, pesados barcos repletos de mercancías, imponentes fardos, pesados barcos repletos de mercancías, con los animales del bosque, que no murmuran.
Ven. La niebla del otoño vela y humedece el musgo con brillos mates, esmeralda. Ruedan las hojas del haya, tesoro de monedas de bronce dorado. Por delante de nuestros pasos, llama roja, temblorosa, salta la ardilla. Alisos negros, retorcidos, silban junto al pantano en el resplandor cobrizo del atardecer.
Ven. Porque el sol se ha puesto, se ha acostado en su cueva y su aliento cálido, rojizo, se apaga. Ahora se abre …