Sebastián Brant: La nave de los necios.

Grabado atribuido a Durero.




 Nunca tan gran poder llegó a la
tierra que no encontrara a tiempo
su final, cuando le llegó su plazo
y su hora.

DEL FINAL DE PODER

Aún se encuentran innumerables necios que confían en su poder, como si fuera a mantenerse eternamente en pie, cuando lo que hace es derretirse como la nieve. Julio, el Emperador, era suficientemente rico, poderoso y avisado en sus sentidos antes de que tomara por la fuerza y gobernara el Imperio Romano. Cuando tomó el cetro, se le acumularon la preocupación y el miedo, y ya no era tan juicioso en el consejo: por ello murió apuñalado. Darío tenía un país grande y poderoso, y habría permanecido allí sin escarnio y conservado bienes y honra, pero, al querer buscar más y tener lo que no era suyo, perdió, con lo ajeno, también lo propio. Jerjes llevó a Grecia tanta gente de su pueblo como la arena del mar, el mar la cubrió de barcos, quería tener atemorizado al mundo entero. Pero ¿qué beneficio sacó de ello? Atacó a Atenas cruelmente, como el león ataca al pollo, y, sin embargo, huyó como las liebres. El rey Nabucodonosor, al sonreírle la fortuna más que antes y vencer a Arfaxad, quiso poseer todos los países y se propuso conseguir un poder divino; pero fue convertido en un animal.

 De más podría contaros fácilmente, en el Antiguo y Nuevo Testamento, pero me parece que no es necesario. Muy pocos murieron en paz  o perecieron en su cama, sin que se les asesinara. Por ello, tenedlo presente todos vosotros, poderosos: estáis sentados, en verdad, en la rueda de la fortuna. Sed sabios y pensad en el final, que Dios no os dé vuelta a la rueda. Temed al Señor y servidle. Si cae sobre vosotros su cólera y su ira, que pronto se encenderán sobremanera, no permanecerá ya vuestro poder y os desvaneceréis con él. La rueda de Ixión nunca se para, pues gira por pequeños vientos. ¡Feliz el que sólo en Dios confía! Cae y no queda a lo alto la piedra que, con tribulación y tormento, hace rodar Sísifo, el necio, hacia la  cima del monte. La dicha y el poder no duran muchos años, pues, según el proverbio y el dicho de los antiguos, la desgracia y el cabello crecen todos los días.

El poder injusto declina completamente, como muestran Jezabel y Acab. Aunque un señor no tenga ningún enemigo, debe cuidarse de su servidumbre y, a veces, de sus amigos más íntimos: lo matarán por su poder. Zimri persiguió el reino de su señor y cometió con éste un crimen, y fue señor por siete días. Alejandro sojuzgó el mundo entero: un sirviente lo mató con un bebedizo.
Darío huyó y estaba libre de peligro: Besso, su siervo, lo asesinó. Así se acaba el poder: Ciro bebió su propia sangre. Ningún poder sobre la tierra llegó nunca tan alto que no encontrara con aflicciones su final. Nunca nadie tuvo tan poderosos amigos que le pudieran prometer un día y que estaría seguro un instante de que tendría poder y fortuna. Lo que el mundo tiene en más alto aprecio, a la postre se acibara. El que se vanagloria de mantenerse arriba, mire que no caiga en la arena, que no reciba daño, escarnio y deshonra.

Gran necedad hay cuando grande es el poder, pues raramente se le mantiene mucho tiempo. Y,si examino todos los imperios hasta hoy, Asiria, medos, persas, Macedonia y Grecia; Cartago y el Estado de los romanos, todo ello ha tenido su final: el Imperio Romano permanecerá mientras Dios quiera; Dios le ha fijado su tiempo y medida; que Él nos conceda que se engrandezca aún tanto, que toda la tierra le esté sometida, como es de justicia y de ley.


Edición: Antonio Regales Serna.
Lámina 56
1494.

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