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Rainer Maria Rilke: Ven cuando debas…


Ven cuando debas. Todo esto habrá pasado
a través de mi ser hasta tu aliento.

Por ti lo he contemplado largo tiempo sin darle ningún nombre,
con aquella mirada
propia de la pobreza, y lo he amado
como si tú estuvieras ya bebiendo de él.

Y sin embargo, cuando pienso que esto, todo esto:
yo mismo, las estrellas, las flores, el hermoso
lanzarse de los pájaros fuera del matorral saludador,
la altivez de las nubes
y todo lo que el viento ha podido hacer conmigo,
procurándome el tránsito desde un ser a otro próximo
—de manera que he sido uno y después el otro,
pues lo soy en efecto: soy lo que el gorgojeo de las bebidas
ha dejado en mi oído
y el exquisito gusto que una vez dispensara
a mis labios algún hermoso fruto—,
que todo, todo esto, cuando estés aquí un día,
—todo esto aun atrás el tiempo:
a la mirada a ras del niño hacia los cálices
de las flores, cuando es alta la hierba
del prado hasta llegar a una sonrisa de mi madre,
que quizás yo comprendo, empujado por tu ser,
como algo que me ha sido robado—,
que todo esto debo abandonar sin pausa: el día y la noche
de una naturaleza tan benigna,
sin saber ya si es mío lo que en ti empieza a arder:
te harás quizá más bella
nada más que a partir de tu propia belleza,
del exceso de esa indolencia en tus miembros,
de aquello que en tu sangre es lo más dulce,
qué se yo: porque tú te reconoces a ti misma en tu mano,
porque amorosamente te acaricia el cabello los hombros,
porque alguna cosa dentro del aire oscuro se te da a conocer,
porque me olvidas, porque no te esfuerzas en escuchar,
porque eres una mujer: Cuando todo esto pienso,
en cómo he bañado la ternura en la sangre
de corazón que nunca me asustó,
la silenciosa sangre de tan amadas cosas


Toledo, noviembre de 1912

Traducción: Juan Andrés García Román.

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