Paul Verlaine: Noche del Walpurgis Clásico.

"Fantasy Based on Goethe's 'Faust'" (1834),  Theodor von Holst.

Era más bien el sabbat del segundo Fausto,
un rítmico sabbat, rítmico, extremadamente
rítmico. Imaginaos un jardín de Lenôtre,
Correcto, ridículo y encantador.

Unas rotondas; en el centro, los surtidores; unas avenidas
muy rectas, silvanos de mármol, dioses marinos
de bronce, aquí y allá, unas Venus expuestas;
unos tresbolillos, unos arriates;

castaños, plantíos de flores formando dunas;
aquí, unos rosales enanos que un docto gusto alinea;
más allá, unos tejos tallados en triángulos. La luna
de una noche de verano sobre todo esto.

Suena la medianoche y despierta en el fondo del parque 
                                                                                               áulico

Una aire melancólico, un sordo, lento y dulce aire
de caza, tan dulce, lento, sordo y melancólico
como el aire de caza de Tannhauser

Cantos velados de lejanos cuernos de caza, donde la ternura
de los sentidos abraza el espanto del alma de los acordes
armoniosamente disonantes de la embriaguez;
y ya la llamada de las trompas

se entrelaza de repente a unas formas muy blancas,
diáfanas, y que el claro de luna las hace
opalinas entre la sombra verde de las ramas:
-¡Un Watteau soñado por Raffet!-

Se entrelazan entre las sombras verdes de los árboles
Con un gesto de decaído, lleno de profunda desesperación;
Luego, alrededor de los macizos, de los bronces y de los mármoles,

muy lentamente bailan en corro.

Estos espectros agitados, ¿son pues el pensamiento
del poeta ebrio o son su lamento, o su remordimiento,
esos espectros agitados en turba cadencia,
o, simplemente, no son más que muertos?

¿Son tus remordimientos, oh desvarío que invita
al horror, son tu lamento o tu pensamiento, todos
esos espectros que un vértigo irresistible agita,
o son sólo muertos que estuvieron locos?

¡No importa van siempre, los febriles fantasmas,
llevando su ronda grande y triste, a trompicones,
como en un rayo de sol los átomos,
y evaporándose al instante.

Húmeda y pálida, el alba silencia una tras otra
las trompas, de tal modo que no queda absolutamente
nada –absolutamente – más que un jardín de Lenôtre,

correcto, ridículo y encantador

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